Londres, poema de Alberto Genk
Podríamos decir que el libro «Alientos de sombras en la sopa» es un poemario. Cuando me preguntan de qué trata, no sé qué responder. Solo sé que me emociona leer sus versos y que escribí lo que sentía en aquella época. Sabes que puedes adquirir el libro completo en esta página, pero, por el momento, te regalo uno de los poemas de la obra: «Londres«, un aliento de «Alientos de sombras en la sopa».
Londres
A Coda
Me aterra el implacable latir del Big Ben, como sonido que marca el ritmo de un tiempo que se va, y el Támesis, caudaloso y mudo, que arrastra historias perdidas como la mía, que en su fluir constante, se desvanecen. Lo que pienso del río lo pienso de mí mismo, es un reflejo oscuro de aguas que en su curso me desvelan. Lo que veo en la urbe, en sus calles, en sus plazas, es el espejo en el que mi ser, vagabundo, se contempla. Me fascino ante el misterio del ser y me angustio ante la incertidumbre de un futuro inasible. Me canso de luchar contra corrientes invisibles y me inquieto al sentirme perdido, sin rumbo fijo. Me desespero ante la inmensidad de la vida, me asfixio en la urdimbre del amor siempre complejo, pero, a pesar de la tormenta, de la duda, del temor, no ceso en mi empeño, en mi necesidad, de pensar en ti. Las estaciones pasan y me agotan, con su eterno traqueteo de trenes en fuga, los adioses que en los andenes se esfuman y los reencuentros que solo existen en nuestra imaginación. Merodeo por mercados y museos, en mi andar solitario, y mis pensamientos vagan en cada rostro apurado. Nos tumbamos en parques tan cuidados, observando cómo crece la hierba artificial de nuestro tiempo. Cada edificio y cada calle están preñados de historias. Librerías y pubs guardan ecos de antiguas glorias. Respiro esa magia y me envuelvo en su regazo, siento su pulso, su estilo, en mis jornadas. Londres no es una ciudad, es mi sentir profundo, no es solo aroma que el viento arrastra, es esencia sin olor, vibración del mundo, mi musa eterna que, con su pecho, mi alma alimenta. Me seducen los olores matinales del café, la lluvia fresca que cae sobre el asfalto gris, los ocres atardeceres en los parques, y ese intercambio de miradas, fugaces, en el metro al partir. Me gusta ver el baile de luces y sombras cuando el viento, travieso, a través de los árboles del Hyde Park juega. Amo sentir esa soledad que, entre el bullicio, me cobija en sus calles, en sus restaurantes, en sus cimas. Vivo bajo la luna que el Shard corta, y despierto con el sol que el niño dorado señala. Es en estos momentos, en estos precoces minutos, donde capto la esencia de la vida pura sin armadura. Hago el ritual del té en la soledad de mi cuarto y me pregunto si algún día compartirás este instante conmigo. Las gotas caen, como mis pensamientos, dispersas, añorando el sabor amargo que tendría si fueras su amante. ¿Pensaste acaso que bastarían las calles y las piedras frías para mí? ¿Creíste que mi ambición no buscaría más allá del horizonte? Quédate conmigo, vive a mi vera bajo esta lluvia que no cesa, que cae como una cortina gris perpetua, y te regalaré todos los versos que nacieron muertos. Así tendrás el espíritu de Londres y el mío bajo tu ala, y dejarás de tener sed de beber de otras aguas, no mirarás más a través de las miradas vacías de los que ya se fueron ni te alimentarás de los cotilleos acabados de los cuadros. Oirás con tu propio ser, y sentirás cómo esta metrópoli se infiltra en tu sangre, se enreda en tus huesos y te moldea. No hay juventud más viva que la que el Támesis ahoga con sus brazos de agua ni ancianidad más sabia que la que las horas del Big Ben cuentan al pasar, y en este infierno de luces sé que no hay ni torre ni edificio más alto que el que juntos somos capaces de escalar. Y ahí, entre los murmullos y las farolas, me hallé con el alma abierta, el corazón desnudo, el cuerpo abandonado, y cuando ella se fue, dejando atrás el amanecer y el té, solo quedaron sus recuerdos dentro de mi cabeza. Pero en cada rincón, en cada piedra mojada por la lluvia, quedará un poema mío, una foto suya, una memoria de lo que fue, porque en esta capital de historias, donde el tiempo no luce ni empuja, somos dos gotas de agua, perdidos en la marea, esperando otra vez caer. Perdona a los campos que quedaron yermos, porque mi tormenta no supo llover justo. Perdona los cielos que quedaron sin estrellas, mientras yo robaba cada una para escribir tu nombre. Si hoy lograse encontrar la felicidad entre los cuervos que protegen la Torre de Londres, donde mi corazón se encuentra aprisionado en la jaula de mi pecho, entonces, para mí, la luz resurgiría radiante. Sé que hay sombras que viven en las paredes, reflejos de mis pensamientos más oscuros. El mañana se erguirá, juez implacable, ponderando el peso de mis silencios. Pero hoy me levanto y respiro el aire fresco del amanecer, porque incluso en este bosque de piedra hay esperanzas que florecen como rosas en las grietas. Y así como el Támesis sigue su curso, como la rueda del London Eye da otra vuelta, mi alma también sigue fluyendo, sigue buscándote. Por ahora, me abrazo con la soledad a la espera de ese día, cuando la lluvia que moja estas calles, también bañe nuestros rostros juntos, en un beso eterno bajo el cielo británico. Y recuerda, atentamente, nunca más tuyo.
Si eres amante de la poesía española y te has quedado con ganas de leer más, te invito a explorar mi libro de poesía surrealista, «Alientos de sombras en la sopa«.